10 de octubre de 2010

"DOCTORES DEL INFIERNO", Vivien Spitz

Aunque la esofagitis me impone cierto control con los alimentos picantes, el chocolate y la cafeína, puedo alardear de tener el suficiente estómago como para digerir sin problema todas las aberraciones que se me pongan por delante cualquiera que sea la forma en que se presenten. En ese sentido, y aun siendo alguien que con poner un pie en el hospital se pone malo, no me supone ningún problema tragarme de una tacada las descripciones pormenorizadas de las mil y una atrocidades médicas que aparecen aquí divididas por capítulos.

Otra cosa, en cambio, es lidiar después con ese mal sabor de boca que te dura meses tras constatar lo traicioneros que son la ciencia y el progreso cuando la ideología se mete de por medio, pervirtiéndolo todo y volviendo los principios éticos y el juramento hipocrático contra el propio ser humano al que deberían servir y atender.

Es entonces cuando, una vez convenientemente diluidos los derechos individuales más fundamentales y elementales en aras del advenimiento del Übermensch ario, vinculando a tal causa toda la estructura política, militar, legal y científica de un país, se impone como necesario ir un poco más lejos todavía, calibrando algo más debidamente el punto de mira de semejante proyecto y dirigiéndolo a un objetivo mucho más idóneo: el escarabajo pelotero, nuevo ser supremo de un mundo que por fin habría visto extirpado de sus entrañas el cáncer de la raza humana.

Seguimiento fotográfico de un experimento de altitud

A lo largo de quince capítulos, Vivien Spitz, que asistió como taquígrafa a los juicios de Nuremberg, relata pormenorizadamente en qué consistían los distintos experimentos a que fueron sometidos miles de cobayas humanas en los campos de la muerte. Apunta las razones que los fundamentaban, describe el proceso que se seguía en cada uno de ellos y, finalmente, el estado en que acababa el maltrecho judío o los cuatro huesos mal juntados que quedaban de él.

Los experimentos abarcaban las siguientes disciplinas:

- Altitudes elevadas: El paciente entraba, con la única ayuda de sus dos pulmones, en una cámara que simulaba las condiciones que podemos encontrar a unos veinte mil metros de altura.

- Hipotermia: Se sumergía a la víctima en un tanque de agua helada durante tres horas, o más si se empeñaba en no morir.

- Malaria: Se inoculaba a través de picaduras de mosquitos o inyecciones de sangre contaminada.

- Regeneración de hueso, músculo, tejido nervioso y trasplantes óseos: Le quitaban a Mijael la pierna a la altura de la cadera y veían si le valía a Shafir, su compañero de barracón.

- Gas mostaza: Rociada sobre heridas, la corrosión del gas alcanzaba a los pulmones y demás órganos.

- Sulfanilamida: Después de herir al interno, se infectaban las heridas con estreptococo, gangrena y tétano, y se terminaba espolvoreando por encima virutas de madera y moledura de cristal.

- Agua de mar: Se obligaba a un pobre desgraciado a beber agua salada durante un período de entre cinco y nueve días, con consecuencias fácilmente deducibles para su organismo.


- Ictericia: Los experimentos con ella provocaba en los reclusos dolores indecibles, muriendo muchos de ellos.

- Esterilización: Con el patrocinio del Estado, se trató de desarrollar un método eficaz para la esterilización futura de millones de personas a través de la radiación, la cirugía y los fármacos.

- Tifus: Como los experimentos con malaria, pero sustituyendo los mosquitos por piojos contagiosos.

- Veneno: Los nazis también sentían la curiosidad de averiguar cuánto tardaba en morir un ser humano tras disparársele balas envenenadas. En ocasiones, los médicos también lo administraban mediante la gamberrada de mezclarlo con la comida y ver después qué pasaba escondidos tras una cortina.

- Bombas incendiarias: Sesenta y ocho parece ser que eran los segundos necesarios para que se extinguieran las llamas que ardían sobre la piel que previamente había sido prendida usando el fósforo de las bombas.

- Pus, coagulante sanguíneo y gas: Los suplicios tenían como fin probar la tolerancia o grado de eficacia de ciertos productos, como el coagulante polygal.

- Manifestaciones artísticas: Como la vez en que se escogió a 112 internos judíos para crear una colección de esqueletos.

- Eutanasia: Ésta iba dirigida a exterminar todas las “bocas inútiles”, es decir, bebés con deficiencias o deformidades, niños y adultos enfermos, retrasados y ancianos.

Todas estas atrocidades fueron las que motivaron los cargos que llevaron al banquillo de Nuremberg, el 25 de octubre de 1946, a veinte médicos nazis, en el que fue el primero de los doce procesos que se celebraron ante magistrados norteamericanos tras el juicio del Tribunal Militar Internacional a los principales dirigentes nazis, con Göering a la cabeza, el 20 de noviembre de 1945.

Karl Brandt, médico personal de Hitler y uno de los principales acusados, aguantando el tipo al ser condenado a morir en la horca

Veinte médicos de entre un total desconocido pero sin duda muy numeroso. No en vano, dentro de las profesiones liberales, la medicina fue, con toda su camarilla de oportunistas políticamente comprometidos, la que contó con mayor porcentaje de miembros del Partido Nazi.

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