27 de enero de 2010

"OMAGH", Pete Travis

El 15 de agosto de 1998, la céntrica calle de Market Street de Omagh, de gran actividad comercial y símbolo de plena integración y convivencia pacífica entre católicos y protestantes, fue el lugar elegido para la detonación de una bomba que mató a 29 personas (31 para Pro Vida por una embarazada de gemelos), dinamitando con ello el proceso de paz nacido tras el alto el fuego del IRA Provisional meses después del Acuerdo de Viernes Santo. El IRA Auténtico, una escisión del anterior, se atribuyó el atentado, poniendo con él de manifiesto dos conductas tan opuestas como determinadas: la de los ciudadanos de a pie familiares de las víctimas y la de la policía y gobierno británicos.

Hijos de Dios todos ellos de nacimiento, las almas de quienes se afanaron en ocultar a la opinión pública los verdaderos entresijos de la desgracia se hallaban tan irremisiblemente condenadas al infierno como a la gloria terrenal que procura trabajar al servicio del dinero y el poder. A las familias en cambio, organizadas en torno al Grupo de Apoyo Mutuo y Asistencia de Omagh, a la vista de cómo se desarrollaron los acontecimientos no les quedaría más consuelo que aspirar a los réditos de la justicia celestial, mucho más dignos y elevados pero que, lamentablemente, no cuentan con mayor garantía de existir que la que una fe desesperada pueda justificar.

Imagen real del coche bomba minutos antes de la explosión

Con esta dicotomía como telón de fondo, Pete Travis dedica la primera mitad de la película a relatar con grandes dosis de crudeza y dramatismo todo cuanto rodeó a la preparación del atentado y sus devastadores efectos. Entre ellos, el director presta especial atención a la angustiosa búsqueda de su hijo llevada a cabo por Michael Gallagher, quien, una vez informado de que éste se hallaba entre los fallecidos, se erigirá en líder del antedicho grupo de apoyo que surgirá después.

Michael Gallagher

A continuación, dando muestras de no haber aprendido la lección de lo decepcionante que puede llegar a resultar a veces empeñarse en querer averiguar la verdad, Michael se involucrará, hasta el extremo de distanciarse de su familia, en un nauseabundo proceso de investigación acerca de lo ocurrido. Finalmente, tras recorrer un proceloso camino plagado de sombras y oscuros callejones sin salida, las conclusiones facilitadas por otra investigación llevada a cabo por la Defensora del Pueblo coincidirá con la suya en evidenciar que la policía no sólo tenía pleno conocimiento de que iba a tener lugar un atentado, sino que, en colaboración con los servicios secretos y el gobierno británico, estaba completamente determinada a silenciar cualquier tipo de entrometimiento que pudiese poner en peligro el vigente proceso de paz. Y en ésas andaban Michael y los suyos.

Doce años después, nadie ha resultado aún condenado penalmente por la bomba con una de las mayores ondas expansivas provocada en la historia de Irlanda del Norte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario