2 de octubre de 2010

"LA PIANISTA", Michael Haneke

Erika era una persona fría y reservada, hasta el punto de rayar en la ranciedad, si bien cuando se sentaba al piano no tenía problema alguno en desnudar su alma a través de unas notas musicales que expresaban su extrema sensibilidad con gran elocuencia. Bendecida con un gran talento, dominaba un lenguaje musical que no estaba al alcance de quienes la rodeaban, y eso era algo que le molestaba profundamente. No eran pocos los aspirantes a entrar en el conservatorio que abandonaban sus duras selecciones llorando, y quienes habían tenido la suerte de pasar el corte debían lidiar con los continuos desprecios de su profesora, al mostrarse incapaces de captar las distintas emociones y estados anímicos que subyacían en las partituras de Hofmann o Schubert, su favorito. La música sin alma era una completa falta de respeto al artista que atentaba contra la suya propia también.

Después, recogía sus cosas y se iba al sex shop más cercano a masturbarse oliendo los kleenex que los anteriores usuarios de la cabina habían tirado en la papelera.


Para comprender esta aparente contradicción entre tanta belleza refinada y exquisitez musical y su gusto por hacerse cortes en sus partes pudendas con una cuchilla de afeitar es preciso hablar de su madre. A través de una constante presencia intimidante y acosadora por el piso que compartía con ella, de obsesivos controles telefónicos, de duros interrogatorios cada vez que llegaba tarde y, en definitiva, de la imposición dictatorial de un modo de vida anulador y reclusivo, mami fue tejiendo los mimbres que terminaron conformando la poliédrica personalidad de su pequeña, con unos modos de manifestarse muy dispares pero que, en su fuero más íntimo, convergían en una única esencia emanante.


En efecto, no cabe duda de que el sometimiento padecido por Erika fomentó el extremismo de sus parafilias. Una vida monacal que incluso impone dormir con la madre, sin contar siquiera con el mísero alivio de echar canitas al aire con el porno de internet, va creando un monstruo en toda mujer sana que vive los años de su apogeo sexual. Si a ello se le añade la propia constatación de estar sumiéndose en las cloacas del sadomasoquismo, es normal que la persona potencie el distanciamiento con el mundo que le rodea, máxime si cuanto siente no cuadra además con los célibes valores en los que ha sido inculcada.

En tal situación, la protagonista se aísla y se refugia en su mundo musical, proclamando a gritos su angustia vital al piano. Pero su público, que asiste maravillado a sus descarnados recitales, no escucha verdaderamente a esa mujer que ven tan arisca, y las pocas ganas que le quedan de hacerlo se esfuman día a día a medida que ésta les va dispensando el único trato personal, basado en el desprecio, que ha aprendido de su madre.

Tan sólo Walter, un joven apuesto y pianista autodidacta, parece hablar su mismo idioma. Al ser capaz de ver más allá, también lo será de soportar sus continuos desplantes, y así, en ese clásico del cortejo basado en la progresiva pérdida de la dignidad por la que algunos hemos pasado, llegará finalmente a conseguir intimar y tener acceso carnal con ella, por llamar de alguna forma a la aséptica pajilla con aires militares con que le obsequia en un baño público.


A partir de este momento, cualquier parecido con todos esos almibarados melodramas tan habituales en Hollywood llega a su fin. A Haneke le da por el realismo y, a pesar de que la inadaptada finalmente se abre y se vislumbra un final feliz, se sirve del hasta ese momento aparentemente distinguido, especial y comprensivo personaje de Walter para terminar plasmando en él, en el éxtasis de la continua paradoja que es el film, al espectador común y, por extensión, a la sociedad en su conjunto cuando, cansado de tanta proposición acompañada de cuerdas, grilletes y demás artilugios de tortura, éste termina por recriminarle a berridos su enfermiza condición, sumiendo a la ahora frágil y delicada Erika en tal estado de desamparo que termina queriendo acabar con su vida.

Aunque La Pianista relata de manera dura y cruel la historia del intento de unión de dos mundos irreconciliables, realizando de paso una completa reafirmación de la inmutabilidad de la naturaleza del ser humano una vez que ésta ha quedado definida de acuerdo a diversos factores, lo que resulta verdaderamente doloroso es la conclusión de que, aun en el caso de que no fuéramos responsables de todo aquello que terminó por contaminar nuestra condición, sí sufriríamos las consecuencias y penurias que derivasen de la misma.

6 comentarios:

  1. Anónimo0:00

    Gran película. Grande la Huppert.

    Kike C.

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  2. Exactamente, qué quieres decir con "completa reafirmación de la inmutabilidad de la naturaleza del ser humano una vez que ésta ha quedado definida"??

    Esto no rockea mi mundo...

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  3. que por mucho que te empeñes en cambiar, seguirás siendo el mismo Mikel, cuya personalidad fue forjándose hasta fijarse por completo durante su estancia, entre otros sitios, en aquel colegio del opus donde nos conocimos. Y Haneke reivindica eso con la peli dejándolo bastante claro con el ejemplo de Erika.

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  4. Enhorabuena por la reflexión. Y por todo el blog en general (que solamente he podido mirar por encima). Te ficho para que no te escapes.

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  5. pues estoy atravesando una dura crisis asténica, también llamada perezón de la hostia, que me tiene bastante apartado del blog. No descarto, no obstante, volver por todo lo alto una vez creado el mito.

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  6. Jeje, pues a ver si se te pasa la astenia. He preseleccionado 6 blog de la categoría de "Blogoesfera" del concurso de "20 minutos" y este es uno de los 6. Que no se te suba mucho, que soy un simple mortal que ni pincha ni corta, pero bueno, como voy escribiendoles a los otros 5, un lector ya tienes... así que esperaré hasta que se te pase la tontería. Jajaja.

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