20 de noviembre de 2015

#JESUISLGTB, #JESUISPARIS, #JESUIS(NON)PENADEMUERTE

Primero fue la foto de perfil en Facebook con la bandera LGBT, solidarizándonos muchísimo con colectivos con los que en el día a día tememos que nos identifiquen. Tras los atentados del 13 de noviembre en París llega la francesa. Con estos ya no da cosa que nos confundan. Apoyos asépticos en ambos casos que llevan implícitos enormes distanciamientos, en el primero de ellos respecto a quienes mostramos dicho apoyo y en el segundo referido a los que dejamos de lado al reafirmar que una vida del primer mundo vale más que la del resto por el simple hecho de identificarnos más con sus víctimas. Sin la existencia de un vínculo afectivo que pudiera hacer comprensible otorgarles una mayor relevancia, es vernos reflejados en ellas (podría ser yo) lo que provoca que nos afecte e importe más. Es, por tanto, una solidaridad egoísta. E hipócrita, cuando, del otro lado, repentinamente surgen airadas denuncias -hasta ahora inexistentes- a los medios de comunicación por parte del que también conforma otro amplio sector de la población, como consecuencia de la amplísima cobertura dada a este suceso en comparación, por ejemplo, con los atentados ocurridos recientemente en Pakistán, país que lleva sufriéndolos durante toda una década, a una media de dos ataques diarios.

$jesuiszuckerberg

A continuación, y siguiendo en París, surge la nueva noticia, esta vez protagonizada por los buenos. El cerebro de los atentados en la ciudad fallece cosido a balazos por las fuerzas del orden. Es un asalto y es entendible que muera. Después, lo que siempre sucede en estos casos. El parlamento francés celebra la muerte del terrorista, vítores y felicitaciones a los cuerpos de seguridad y todos los millones de personas que conocen la noticia se alegran igualmente a coro. Morir es lo que merecía, acabar con él ha sido lo correcto y no una mera contingencia comprensible de la operación. En caso de haberse entregado, en cambio, como no somos Texas y en buena parte del mundo, y en Europa en particular, se cumplen las leyes del Estado de Derecho que garantizan un juicio justo, el terrorista hubiera ido a la cárcel 30 años. En tal situación, esos mismos millones de personas hubieran rechazado una ejecución como, por ejemplo, la de Sadam Husein, puesto que la pena de muerte es execrable y lo que nos diferencia y sitúa por encima de los rednecks, los iraquíes y demás infrahumanos. 


Una dualidad de opinión basada exclusivamente en el contexto, dado que el consenso universal sobre lo que es lo correcto en una situación concreta es lo que marca y define la postura de la gente, su opinión particular, y así, nos encontramos con dos consensos universales opuestos ante un mismo hecho. La gente opina que sí, pero también opina que no, lo que equivale a carecer de opinión en el mejor de los casos y a ser muy hipócrita en el peor de ellos.

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